Cómo Reducir el Stress de Inmediato y Sin Grandes Esfuerzos

SACANDO EL MÁXIMO PROVECHO

Este es un posteo con consejos prácticos. Práctico deriva del latín tardío practĭcus, y significa ‘activo’, ‘que actúa’. Y practicidad significa acción. Aquí partimos desde la premisa que todos y cada uno de nosotros somos 100% responsables de lo que acontece en nuestras vidas, y por lo tanto depende de nosotros mismos tomar las riendas del problema cuando se presenta alguna situación que nos complica en algún aspecto de nuestro (a veces no tan) placentero trajín diario.

 

Esta guía propone alternativas eficientes y realistas para que fácilmente apliques en tu vida cotidiana y puedas mejorar, específicamente, el aspecto concerniente al estrés. Pero estas herramientas, para que efectivamente logren un cambio positivo, requieren acción. Nada de hacer saltos estrambóticos de rutina ni torturar tu seguramente debilitada fuerza de voluntad. Acá se proponen pequeñas acciones concatenadas que solucionarán inmediatamente el problema actual que estás enfrentando: el vivir con estrés.

 

Hasta aquí has dado un gran paso: has logrado reconocer que estás sufriendo una situación de tu desagrado y, si descargaste este libro, es muy probable que estés dispuesto a hacer algo al respecto, que te hayas propuesto atacar el problema pero posiblemente no sepas cómo ni por dónde arrancar.
Acá encontrarás las herramientas: en éstas páginas te toparás con la oportunidad perfecta para que intentes algo distinto y soluciones un problema que te aqueja hace rato. Además ponemos el foco en proponer algo diferente porque, como dijo Albert Einstein, “Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”.

Date la oportunidad de llevar a cabo los consejos aquí vertidos. No cuestiones, no dubites. No pongas excusas. Ejecutá. Absolutamente todos y cada uno de los pasos son completamente fáciles de llevar a cabo. El comienzo de ejecución es lo que te encaminará a la transición entre “Quiero reducir el estrés” a “Estoy reduciendo mi estrés”, y esto de por sí ya es muy valioso.

Lo más importante es que te coloques en un estado mental de “realmente” querer solucionar tu problema, un compromiso verdadero. De nada va a servir que te digas a vos mismo en forma de consuelo: “Bueno, por lo menos soy consciente de que tengo estrés”, porque si sos consciente de que tenés un problema que te afecta, pero no hacés nada para solucionarlo más que conformarte con “ser consciente de ello”, entonces tenés una doble preocupación: el problema en sí, más el haber reconocido su existencia.

Te invito a librarte de él. Te invito a que hagas el click.

 

“TENER ESTRÉS” ES MUCHO MÁS QUE UN ESTADO DE ÁNIMO

Tener estrés o “estar estresado” permanentemente NO ES UN ESTADO DE ÁNIMO. Es mucho más que eso ya que constituye una cuestión biológica, y por lo tanto es un poco más serio que simplemente sentirse constantemente nervioso, cansado, fatigado y no poder conciliar el sueño de noche.
A nivel neurológico el estrés entraña un aumento de la hormona cortisol, que es segregada por el organismo para potenciar la respuesta del cuerpo en su conjunto ante un evento acechante que pone al cerebro en modo de supervivencia para así potenciar ciertas reacciones instintivas. Esto trae como consecuencia que es el mismo cerebro quien decide poner en segundo plano otros procesos considerados menos importantes ante un panorama de necesidad de supervivencia o conservación. Para dar un ejemplo, hagamos de cuenta que vivís en el medio de la selva africana, y tenés un encuentro cercano del tercer tipo con un león hambriento. La respuesta instintiva y natural de tu cerebro será estresarse para poder liberar inusitadas cantidades de adrenalina y cortisol; en otras palabras, te vá a dar la orden de que salgas corriendo por tu vida y potencializará la efectividad de esa acción con la ayuda de las mencionadas hormonas y la detención de otros procesos secundarios, enfocando absolutamente toda la energía en la supervivencia. Perfecta biología: el cerebro se sintió en peligro, se ocupó de darte la orden de que ejecutes una acción para conservar tu vida y, además de dotarte de las hormonas necesarias para que lo logres, también puso en pausa lo que no necesitabas para así asegurarse que sobrevivas. Ante esta maravilla de la naturaleza, entonces, ¿Por qué el estrés es tan malo?

La respuesta es muy simple. Cuando nos autocolocamos en situaciones que vemos como “amenazantes”, o que tienen el poder de enviar a nuestro cerebro una señal de advertencia, descontento, desaprobación o disgusto, nuestro organismo libera cortisol en modo automático. El problema es que cuando constantemente le estamos enviando estas señales, los elevados niveles de esta hormona no hacen más que afectar el buen funcionamiento de los otros procesos normales del cuerpo, por lo que todo comienza a fallar en cadena. A veces más sutil, algunas otras veces menos, y ciertamente para determinadas personas es peor que para otras. Pero lo importante aquí es entender que vivir con estrés desencadena muchos otros (¡y algunos profesionales se animan a decir todos!) perjuicios para la salud tanto mental como física.

Es por eso que “sentirte estresado” nunca debería ser naturalizado ni deberías aceptar convivir con ello, simplemente porque nuestro cuerpo es un todo, y como ese todo que es, cuando una pieza falla las demás también empiezan a funcionar mal. La famosa reacción en cadena no es sólo una manera didáctica de describir un proceso de detrimento. Es la forma en la que el estrés trabaja en nuestros organismos, de modo  silencioso la mayoría de las veces. Por ello la importancia de entender que el estrés no es un estado de ánimo ni una condición psicológica, sino algo mucho más grave y como tal necesita atención inmediata.

LAS CAUSAS ESTÁN CLARAS, NOS LAS REPETIMOS CONSTANTEMENTE

En nuestras vidas cotidianas nos enfrentamos continuamente a situaciones que producen un quiebre entre lo “esperado” a nivel interno y lo que verdaderamente acontece allí afuera. Esperamos que el tráfico no sea una locura, que el bus pase a horario, que nuestro jefe hoy no sea tan exigente, que nos devuelvan el saludo los extraños en el ascensor. Trabajar sobre las expectativas y las razones subyacentes de tales disconformidades no es propósito de este libro, por lo que eso se lo vamos a dejar a la psicología y nos enfocaremos en lo que podemos controlar y cambiar con las herramientas aquí propuestas.

Si prestásemos atención a nuestro discurso, nos daríamos cuenta que tenemos las causas del estrés bien identificadas, y sólo precisamos escucharnos para saber exactamente qué es lo que nos coloca en constante tensión. Observate, seguramente te halles pensando o diciendo continuamente lo siguiente:

 

  • “Tengo demasiadas responsabilidades”.
  • “No me alcanza el tiempo”.
  • “No me rinde el dinero”.
  • “Como por ansiedad, no puedo evitar hacer otro bocado”.
  • “No me estoy ejercitando como quisiera”.
  • “Vivo alterado, no puedo bajar un cambio”.

Si alguna vez te encontraste diciendo alguna de estas frases, ¡Felicitaciones! Conocés lo que es estar estresado. Si te encontrás manifestando una o más de ellas varias veces en una misma semana no te felicito; tu estrés es algo con lo que estás conviviendo permanentemente al punto de haberlo naturalizado y aceptado como normal.

Talvez te parezca una exageración aseverar que estás viviendo con estrés “solo por decir esas frases”. Bueno, volviendo a los procesos que ocurren a nivel neurológico, el simple hecho de desaprobar una conducta llevada a cabo (tanto de los otros como propia), y reprochar internamente su ejecución, en el cerebro libera… sí, muy bien, adivinaste: Cortisol.

“Necesito bajar de peso, no da más mi panza” (estrés por una necesidad no satisfecha) + “Pero esta torta está buenísima, le voy a dar otro mordisco” (estrés por no poder medirse) + “¡Nooo, ¿Por qué comí así, estuvo de más! Encima ahora me duele la panza y me siento pésimo” = Círculo vicioso, retroalimentación de cortisol. Esta fórmula aplica para cualquiera de los principios enumerados anteriormente, y muy probablemente también para cualquier otro ejemplo que surja en tu cabeza mientras leés esto y con el que te sientas identificado al reconocer que te produce estrés.

SOLUCIONES SENCILLAS

En esto no hay magia, no hay ciencia. Somos cuerpo y mente, algunos también creemos que espíritu, pero esa discusión también la dejaremos fuera de este proceso para poder concentrarnos en que la clave está en armonizar lo que se piensa con lo que se dice y lo que se hace, parafraseando a Ghandi.

¿Cómo lograrlo de manera práctica esta misma semana para poder beneficiarte de los resultados cuanto antes?

Insisto, estas recomendaciones son muy fáciles de aplicar pero para que hagan efecto tenés que, de hecho, APLICARLAS. Aunque te parezca obvio, aunque juzgues que tu estrés alcanzó un nivel ninja y esto no te vá a servir, insisto en que te des al menos 7 días para probarlas y comprometerte férreamente en llevarlas a cabo. A la semana podés decidir si éstas prácticas te resultaron adecuadas según cómo te sientas en comparación a la semana anterior, y si no ves ni siquiera un menor cambio podés dejar estas recomendaciones de lado y seguir buscando una herramienta que efectivamente te ayude. De todas maneras no te des por vencido en esta batalla tan importante donde la meta es tu salud mental tanto como física, y recordá que todo éxito siempre dependerá de cuánto tiempo logres mantener el hábito de repetir las conductas que te hacen bien.

 

Hacé click acá para continuar la segunda parte de la lectura, donde cada causa tiene el consejo práctico que te llevará a solucionar estos problemas de inmediato 🙂

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